martes, 16 de febrero de 2016

Jack y los frijoles mágicos

Jack y los frijoles mágicos
Anónimo. Recopilado en “El libro de las hadas”, de Miss Mulock.

Traducción del inglés: F. Montesdeoca

En los tiempos del Rey Alfred, una pobre mujer viuda vivía en su cabaña a varias millas de Londres. A su único hijo, llamado Jack, lo había consentido tanto, que se volvió flojo, descuidado y caprichoso. Poco a poco él había gastado todo lo que tenían, y escasamente les quedaba algo de valor, excepto una vaca. Un día, por vez primera ella le reprochó: “¡Eres un cruel, cruel muchacho! ¡Me has llevado a la miseria. No tengo ya dinero ni para comprar siquiera un pedazo de pan; nada queda por vender más que mi pobre vaca! Me duele deshacerme de ella, pero no vamos a pasar hambre.” Jack sintió remordimiento, pero le pasaron pronto, así que luego comenzó a pedirle a su madre que lo dejara vender la vaca en el pueblo más cercano, e insistió tanto, que ella por fin estuvo de acuerdo.
Mientras Jack iba de camino se encontró a un carnicero, quien le preguntó por qué sacaba a su vaca  de casa. Jack le respondió que iba a venderla. El carnicero llevaba unos extraños frijoles en su sombrero; eran de varios colores y llamaron la atención de Jack, lo cual no pasó desapercibido para el hombre, quien, conociendo el descuidado carácter de Jack, pensó que era el momento de sacar ventaja; le preguntó cuál era el precio de la vaca, ofreciéndole al mismo tiempo todos los frijoles a cambio de ella. El tonto muchacho apenas si podía disimular su alegría por lo que suponía era una gran oferta: el trato se cerró de inmediato y la vaca entregada a cambio de unas simples semillas de frijol. Jack regresó contento a su casa y llamó a su madre aún antes de alcanzar la puerta.
Cuando ella vio los frijoles y escuchó la historia, su paciencia se agotó. Arrojó los frijoles por la ventana y lloró con amargura. Jack intentó consolarla en vano y, sin tener nada que comer todavía, ambos se fueron a dormir. Cuando Jack despertó a la mañana siguiente notó que algo fuera de lo común pasaba, pues una gran sombra oscurecía la ventana de su cuarto. Corrió escaleras abajo hacia el jardín, donde se encontró con que los frijoles habían echado raíces y crecido sorprendentemente: los tallos que se levantaban de la tierra eran inmensos y gruesos; habían crecido enroscándose entre sí hasta formar una especie de escalera en forma de cadena, y tan alta, que parecía perderse entre las nubes. Jack era un muchacho aventurero, así que decidió escalar hasta arriba. Corrió a avisarle a su madre, sin dudar que ella estaría tan entusiasmada como él; pero no fue así y le dijo que no debería ir porque le rompería el corazón verlo partir. Le rogó y lo amenazó, pero todo fue en vano. Jack salió de la casa y tras trepar algunas horas, llegó bastante cansado hasta arriba. No había ni árboles, ni arbusto, ni casa o criatura viviente alrededor.
Jack se sentó pensativo sobre una piedra y pensó en su madre; reflexionó con pesar por su desobediencia y concluyó que se iba a morir de hambre allá arriba. De todos modos, se levantó y siguió caminando con la esperanza de ver alguna casa en donde podría pedir algo de comer y beber. No encontraba nada hasta que, a lo lejos, vio a una hermosa joven que caminaba completamente sola. Iba vestida de manera elegante y llevaba una vara blanca en cuyo extremo  se encontraba un pavorreal de oro puro. Jack, que a pesar de todo era caballeroso, se dirigió a ella con amabilidad, pero antes de decir nada, ella, con una sonrisa encantadora, le preguntó que cómo había llegado ahí. Él le contó la historia de las semillas y del crecimiento portentoso de la planta, a lo cual ella correspondió con otra pregunta: “Dime muchacho, ¿acaso tú recuerdas a tu padre?”
“No, señora; pero estoy seguro que hay algún misterio sobre él porque, cuando se lo menciono a mi madre ella siempre se pone a llorar, sin contarme nada”
“No se atreve”. Contestó la dama, “pero yo sí puedo, y quiero hacerlo. Para que lo sepas, joven, yo soy un hada, y era la guardiana de tu padre; pero las hadas somos regidas por leyes, al igual que los mortales; y, por un error de mi parte perdí mis poderes por un periodo de años, de tal modo que me fue imposible ayudar a tu padre cuando él más me necesitó, y entonces murió”. Mientras contaba esto, el hada lo miraba con tal pesadumbre, que el corazón de Jack se conmovió y le rogó que continuara con su relato.
“Lo haré”, le contestó ella, “sólo que debes prometer obedecerme en todo lo que yo te digo, o de lo contrario perecerás”.
Jack era valiente, y además, su fortuna y la de su madre eran ya tan malas, que no podían ponerse peor –así que prometió obedecer al hada.
El hada entonces continuo de esta manera su historia: “Tu padre, Jack, fue el más hombre más excelente, amigable y generoso que te puedas imaginar. Tuvo una buena esposa, fieles sirvientes y riqueza; pero se topó con un falso amigo: un gigante a quien tu padre había socorrido, y que correspondió a su amabilidad dándole muerte y adueñándose de todas sus propiedades; incluso obligó a tu madre a prometer que nunca te dijera nada acerca de tu padre, pues de lo contrario los mataría a los dos. Yo no pude ayudarlos”, agregó el hada, “porque mi poder sólo regresaría el día en que vendieras tu vaca. Fui yo quien te impulsó a tomar los frijoles que germinaron y crecieron tan rápido, y yo te inspiré con el deseo de subir hasta aquí; porque es aquí donde vive ese malvado gigante. Ahora eres tú quien debe vengar su muerte y librar al mundo de este monstruo que no ha hecho más que el mal. Yo te ayudaré, y así tomarás posesión de su casa y todas sus riquezas, ya que todas ellas pertenecían a tu padre, y por lo tanto son tuyas. Por ahora adiós, y no dejes saber a tu madre de que estás enterado de la historia de tu padre; este es mi mandato, y si me desobedeces sufrirás por ellos. Ahora ve.” Jack preguntó hacia dónde debería ir. “Sigue el camino recto hasta que veas la casa donde el gigante vive. Deberás actuar de acuerdo a tu propio juicio ¡Adiós!”, concluyó, y regaló al joven con una benévola sonrisa al mismo tiempo que se esfumaba en el aire.
Jack continuó caminando hasta después del anochecer cuando, para su gran alegría, descubrió la enorme mansión. Una mujer estaba cerca de la entrada y él la abordó de inmediato rogándole que le diera una rebanada de pan y un lugar para pasar la noche. Ella se sorprendió mucho y le dijo a Jack que casi nunca se veía a un ser humano cerca de la casa, porque todos sabían que su esposo era un muy poderoso gigante que siempre que prefería, por sobre todo, la carne humana fresca.
Jack se aterrorizó al escucharla, pero aun así esperaba librarse del gigante, así que le suplicó a la mujer que lo dejara pasar sólo esa noche ahí. Finalmente se compadeció de Jack y lo llevó al interior de la casa a través de muchas y espaciosas habitaciones magníficamente amuebladas, aunque de apariencia desolada. Llegaron a una oscura galería. El pobre Jack desconfió de la mujer que lo había conducido hasta ahí, pero ella lo invitó amablemente a sentarse y le ofreció una cena abundante, así que Jack recobró la confianza. Incluso comenzaba a disfrutar el momento cuando se oyeron unos perturbadores golpes que provenían de la puerta de entrada y que hacían sacudirse a la casa entera.
“¡Ah! Ese es el gigante, y si te ve aquí te matará, y a mí también”, gritó temblando la pobre mujer. “¿Qué puedo hacer?”
“¡Escóndeme en el horno!”, le contestó Jack, sintiéndose fuerte al pensar que por fin iba a encarar al asesino de su padre. Se arrastró para entrar en el horno —que por supuesto no estaba encendido— y desde ahí escuchó el ruidoso vozarrón del gigante y sus pesados pasos acercarse hasta la cocina, en donde entró regañando a su esposa. Por fin se sentó a la mesa a devorar grandes trozos de carne mientras Jack lo espiaba a través de una rendija en el horno. Cuando terminó llamó a su esposa con voz de trueno: “¡Trae mi gallina!” Ella obedeció y en un momento regresó con una hermosa gallina que puso sobre la mesa.
“¡Pon!”, rugió el gigante, y la gallina puso de inmediato un huevo de oro sólido.
“¡Pon otro!”, repitió, y a cada vez que el gigante lo ordenaba las gallina ponía otro huevo, más grande aún que el anterior. Así estuvo un buen rato con su gallina, hasta que envió a su esposa a la cama, mientras él se quedaba dormido, recostado cerca del horno. Roncaba como un cañón rugiente.
Jack salió entonces del horno, se apoderó de la gallina y salió corriendo con ella hasta encontrarse fuera de la casa y llegar al tronco de la planta de frijol por el cual descendió a salvo.
Su madre, al verlo, estaba radiante de felicidad, pues temía que hubiera tenido un mal fin.
“Nada de eso, madre, y ¡mira!, le dijo mostrándole la gallina. “Ahora pon”, le ordenó a ésta, y la gallina obedeció y puso tantos huevos de oro como él quiso. Jack contó a su madre sus aventuras, pero tuvo buen cuidado de cumplir su promesa y no decir nada de su encuentro con el hada, ni de lo que ésta le había contado.
Una vez vendidos los huevos, tuvieron suficiente dinero y durante algunos meses vivieron felices, hasta que Jack decidió trepar otra vez para llevarse algo más de las riquezas del gigante. Su madre insistió y rogó para tratar de disuadirlo; le hizo ver en que en esta segunda ocasión debía tomar en cuenta que la esposa del gigante ya lo conocía, y que sin duda éste no querría otra cosa que atraparlo y vengarse de él dándole muerte por haber robado su gallina. Al darse cuenta que era inútil convencer a su hijo, dejó de insistir, pero decidió prepararle un disfraz, de modo que la esposa del gigante pudiera reconocerlo.
Así, unos días más tarde, Jack se levantó muy temprano, y sin que nadie pudiera percibirlo, trepó la planta por segunda vez. Llegó a la mansión del gigante al atardecer. La misma mujer estaba a la puerta de la casa, como en la ocasión anterior. Jack la abordó, le contó una historia de penurias y le pidió su ayuda para comer y beber algo, así como un lugar para pasar la noche. Ella le dijo lo mismo que la ocasión anterior acerca de su cruel esposo y sus costumbres, pero agregó que una noche había admitido en las mismas condiciones a un pobre y hambriento muchacho, que desagradecidamente había robado uno de los tesoros del gigante; desde entonces su esposo se había vuelto más cruel y la reprendía todo el tiempo por ser la causa de su infortunio. Jack se apenó, pero no reveló nada y después de mucho trabajo, logró convencerla. De la misma manera que la vez anterior lo condujo por la casa hasta la cocina, en donde después de comer y beber lo escondió en una vieja bodega hecha de maderos.
El gigante regresó como siempre, se sentó a la mesa junto al fuego y de pronto exclamó:
“Huele a carne humana!”
Ella replicó que eran los cuervos, que habían traído un pedazo de carne cruda, dejándola en el techo de la casa. Mientras ella le preparaba la cena, el gigante se ponía cada vez de peor humor y la regañaba por la pérdida de su gallina maravillosa. Tras terminar de comer gritó:
“Tráeme algo para divertirme —mi arpa, o mis bolsas de monedas”.
“¿Cuál prefieres, querido?”, preguntó ella temblorosa.
“Mis bolsas de monedas de oro, porque son más pesadas”, tronó él.
Tambaleándose por el peso excesivo, ella regresó con las bolsas, que eran dos; llenas hasta el borde de monedas de oro, y las vació sobre la mesa, mientras el gigante comenzaba a contarlas con gran satisfacción. “Ahora vete a la cama, tú, vieja tonta”, agregó, dicho lo cual ella se alejó temerosa.
Jack, desde su escondite observaba al gigante, sabiendo que se trataba del dinero de su pobre padre. El gigante, ignorante de que era observado contó todas las monedas y las regresó a las dos bolsas, que ató cuidadosamente para colocar después junto a su silla, en donde estaba echado su pequeño perro guardián para cuidarlas. Al poco rato se quedó dormido. Cuando Jack se sintió seguro salió para robar las bolsas, pero en cuanto puso sus manos sobre ellas, el perro, al cual no había descubierto, salió de debajo de la silla del gigante y comenzó a ladrar furiosamente. En vez de escapar, Jack permaneció inmóvil,; sin embargo, el gigante continuó dormido, y Jack, viendo un pedazo de carne, se lo arrojó al perro, que al instante dejó de ladrar y comenzó a comer; entonces cargó las bolsas, una sobre cada hombro, pero eran tan pesadas que le tomó dos días completos para descender llegar hasta su casa. Con las dos bolsas de oro  remodelaron su cabaña, la amueblaron y vivieron más felices que nunca antes.
Durante tres años Jack no volvió a subir otra vez, porque temía hacer con ello infeliz a su madre. Sin embargo, conforme pasaban los días, el impulso de subir era más fuerte, así que comenzó a hacer preparativos en secreto. Preparó un nuevo disfraz, mejor que el anterior, y cuando llegó el verano, se levantó en cuanto aparecieron las primeras luces del día y sin avisar, subió otra vez. Siguió el camino, como las veces anteriores, llegó a la mansión del gigante al atardecer, y de igual manera encontró a la esposa de éste cerca de la puerta. Jack se había disfrazado tan bien que ella no pareció reconocerlo en modo alguno; pero cuando suplicó ayuda pretextando pobreza, encontró mucho más difícil convencerla. Al final, sin embargo, lo logró y después de comer y beber en la cocina, como las veces anteriores, ella lo escondió en el interior de una vieja caldera. Cuando el gigante regresó exclamó con furia: “Huelo a carne humana”, pero Jack sabía que era su manera habitual de proceder y no se preocupó, pero esta vez el gigante se levantó de su sitio, y sin hacer caso de las palabras de su esposa, comenzó a buscar por todo el cuarto. Mientras sucedía esto, Jack estaba aterrorizado, pero cuando el gigante se acercó derecho a la caldera se dio por muerto. Nada sucedió, sin embargo, porque el gigante no se tomó la molestia de levantar la tapa, sino que se sentó por fin, cerca del fuego, a devorar su enorme cena y a beber abundante vino. Cuando terminó le ordenó a su esposa que le trajera su arpa. Jack espió bajo la tapa de la caldera y vio la más hermosa y fina arpa que hubiera imaginado jamás. El gigante la puso sobre la mesa y dijo: “¡Toca!”, y el arpa tocó por su propia cuenta las más exquisita música. El gigante no parecía apreciarla de manera, de modo que ésta acabó por dormirlo, aún más pronto que lo usual. En cuanto a su esposa, se había retirado a la cama tan pronto como el gigante dejó de necesitarla.
En cuanto Jack se sintió seguro, salió de la caldera y tomando el arpa corrió, pero estaba encantada por un hada, y tan pronto como se encontró en manos extrañas, empezó a gritar, tal como si estuviera viva: “¡Amo! ¡Amo!” El gigante despertó y vio a Jack huyendo tan rápido como sus piernas se lo permitían.
“¡Oh tú, villano! Tú eres quien robó mi gallina y mis bolsas de oro, y ahora quieres robar mi arpa también. Espera a que te alcance y te comeré vivo.
“¡Muy bien: inténtalo!”, gritó Jack, que no sentía ya ni una pizca de miedo, porque veía que el gigante estaba demasiado bebido para poder apenas ponerse de pie; en cambió él tenía piernas jóvenes y la conciencia despejada; así que, llegó mucho antes hasta el tronco de la planta de frijol y descendió por ella tan rápido como pudo, mientras el arpa sonaba con la más triste música, hasta que le ordenó “Detente”, y el arpa se detuvo.
En cuanto Jack llegó al suelo encontró a su madre sentada a la puerta de la cabaña, llorando en silencio. “Aquí estoy madre, no llores; sólo pásame pronto el hacha”, la urgió, porque no había tiempo que perder: veía al gigante que ya descendía por el tronco, pero era demasiado tarde. Con su hacha Jack cortó el tallo y el gigante cayó de cabeza y murió al instante. En ese momento el hada apareció y le explicó todo a la madre de Jack, rogándole que lo perdonara, pues estaba segura de que la haría feliz por el resto de sus días.

miércoles, 10 de febrero de 2016

Tiempo Libre (Cuento) Guillermo Samperio

Tiempo libre
de Guillermo Samperio
Todas las mañanas compro el periódico y todas las mañanas, al leerlo, me mancho los dedos con tinta. Nunca me ha importado ensuciármelos con tal de estar al día en las noticias. Pero esta mañana sentí un gran malestar apenas toqué el periódico. Creí que solamente se trataba de uno de mis acostumbrados mareos. Pagué el importe del diario y regresé a mi casa. Mi esposa había salido de compras. Me acomodé en mi sillón favorito, encendí un cigarro y me puse a leer la primera página. Luego de enterarme de que el jet se había desplomado, volví a sentirme mal; vi mis dedos y los encontré más tiznados que de costumbre. Con un dolor de cabeza terrible, fui al baño, me lavé las manos con toda la calma y, ya tranquilo, regresé al sillón. Cuando iba a tomar mi cigarro, descubrí que una mancha negra cubría mis dedos. De inmediato retorné al baño, me tallé con zacate, piedra pómez y, finalmente, me lavé con blanqueador; pero el intento fue inútil, porque la mancha creció y me invadió hasta los codos. Ahora, más preocupado que molesto, llamé al doctor y me recomendó que lo mejor era que tomara unas vacaciones, o que durmiera. Después, llamé a las oficinas del periódico para elevar mi más rotunda protesta; me contestó una voz de mujer, que solamente me insultó y me trató de loco. En el momento en que hablaba por teléfono, me di cuenta de que, en realidad, no se trataba de una mancha, sino de un número infinito de letras pequeñísimas, apeñuzcadas, como una inquieta multitud de hormigas negras. Cuando colgué, las letritas habían avanzado ya hasta mi cintura. Asustado, corrí hacia la puerta de entrada; pero, antes de poder abrirla, me flaquearon las piernas y caí estrepitosamente. Tirado bocarriba descubrí que,además de la gran cantidad de letras hormiga que ahora ocupaban todo mi cuerpo, había una que otra fotografía. Así estuve durante varias horas hasta que escuché que abrían la puerta. Me costó trabajo hilar la idea, pero al fin pensé que había llegado mi salvación. Entró mi esposa, me levantó del suelo, me cargó bajo el brazo, se acomodó en mi sillón favorito, me hojeó despreocupadamente y se puso a leer.


lunes, 8 de febrero de 2016

El hombre, cuento de Juan Rulfo

Juan Rulfo
(México, 1918-1986)

El hombre
(El llano en llamas, 1953)
        Los pies del hombre se hundieron en la arena dejando una huella sin forma, como si fuera la pezuña de algún animal. Treparon sobre las piedras, engarruñándose al sentir la inclinación de la subida; luego caminaron hacia arriba, buscando el horizonte.
        “Pies planos —dijo el que lo seguía—. Y un dedo de menos. Le falta el dedo gordo en el pie izquierdo. No abundan fulanos con estas señas. Así que será fácil.”
        La vereda subía, entre yerbas, llena de espinas y de malas mujeres. Parecía un camino de hormigas de tan angosta. Subía sin rodeos hacia el cielo. Se perdía allí y luego volvía a aparecer más lejos, bajo un cielo más lejano.
        Los pies siguieron la vereda, sin desviarse. El hombre caminó apoyándose en los callos de sus talones, raspando las piedras con las uñas de sus pies, rasguñándose los brazos, deteniéndose en cada horizonte para medir su fin:“No el mío sino el de él”, dijo. Y volvió la cabeza para ver quién había hablado.
        Ni una gota de aire, sólo el eco de su ruido entre las ramas rotas. Desvanecido a fuerza de ir a tientas, calculando sus pasos, aguantando hasta la respiración: “Voy a lo que voy”, volvió a decir. Y supo que era él el que hablaba.
        “Subió por aquí, rastrillando el monte —dijo el que lo perseguía—. Cortó las ramas con un machete. Se conoce que lo arrastraba el ansia. Y el ansia deja huellas siempre. Eso lo perderá.”
        Comenzó a perder el ánimo cuando las horas se alargaron y detrás de un horizonte estaba otro y el cerro por donde subía no terminaba. Sacó el machete y cortó las ramas duras como raíces y tronchó la yerba desde la raíz. Mascó un gargajo mugroso y lo arrojó a la tierra con coraje. Se chupó los dientes y volvió a escupir. E1 cielo estaba tranquilo allá arriba, quieto, trasluciendo sus nubes entre la silueta de los palos guajes, sin hojas. No era tiempo de hojas. Era ese tiempo seco y roñoso de espinas y de espigas secas y silvestres. Golpeaba con ansia los matojos con el machete: “Se amellará con este trabajito, más te vale dejar en paz las cosas”.
        Oyó allá atrás su propia voz.
        “Lo señaló su propio coraje —dijo el perseguidor—. Él ha dicho quién es, ahora sólo falta saber dónde está. Terminaré de subir por donde subió, después bajaré por donde bajó, rastreándolo hasta cansarlo. Y donde yo me detenga, allí estará. Se arrodillará y me pedirá perdón. Y yo le dejaré ir un balazo en la nuca... Eso sucederá cuando yo te encuentre.”
        Llegó al final. Sólo el puro cielo, cenizo, medio quemado por la nublazón de la noche. La tierra se había caído para el otro lado. Miró la casa enfrente de él, de la que salía el último humo del rescoldo. Se enterró en la tierra blanda, recién removida. Tocó la puerta sin querer, con el mango del machete. Un perro llegó y le lamió las rodillas, otro más corrió a su alrededor moviendo la cola. Entonces empujó la puerta sólo cerrada a la noche.
        E1 que lo perseguía dijo: “Hizo un buen trabajo. Ni siquiera los despertó. Debió llegar a eso de la una, cuando el sueño es más pesado; cuando comienzan los sueños; después del ‘Descansen en paz’, cuando se suelta la vida en manos de la noche con el cansancio del cuerpo raspa las cuerdas de la desconfianza y las rompe”.
        “No debí matarlos a todos —dijo el hombre—. ”Al menos no a todos”. Eso fue lo que dijo.
        La madrugada estaba gris, llena de aire frío. Bajó hacia el otro lado, resbalándose por el zacatal. Soltó el machete que llevaba todavía apretado en la mano cuando el frío le entumeció las manos. Lo dejó allí. Lo vio brillar como un pedazo de culebra sin vida, entre las espigas secas.
        El hombre bajó buscando el río, abriendo una nueva brecha entre el monte.
        Muy abajo el río corre mullendo sus aguas entre sabinos florecidos; meciendo su espesa corriente en silencio. Camina y da vuelta sobre sí mismo. Va y viene como una serpentina enroscada sobre la tierra verde. No hace ruido. Uno podría dormir allí, junto a él, y alguien oiría la respiración de uno, pero no la del río. La hiedra baja desde los altos sabinos y se hunde en el agua, junta sus manos y forma telarañas que el río no deshace en ningún tiempo.
        El hombre encontró la línea del río por el color amarillo de los sabinos. No lo oía. Sólo lo veía retorcerse bajo las sombras. Vio venir las chachalacas. La tarde anterior se habían ido siguiendo, el sol, volando en parvadas detrás de la luz. Ahora el sol estaba por salir y ellas regresaban de nuevo.
        Se persignó hasta tres veces. “Discúlpenme”, les dijo. Y comenzó su tarea. Cuando llegó al tercero, le salían chorretes de lágrimas. O tal vez era sudor. Cuesta trabajo matar. El cuero es correoso. Se defiende aunque se haga a la resignación y el machete estaba mellado: “Ustedes me han de perdonar”, volvió a decirles.
        “Se sentó en la arena de la playa —eso dijo el que lo perseguía—. Se sentó aquí y no se movió por un largo rato. Esperó a que despejaran las nubes. Pero el sol no salió ese día, ni al siguiente. Me acuerdo. Fue el domingo aquel en que se me murió el recién nacido y fuimos a enterrarlo. No teníamos tristeza, sólo tengo memoria de que el cielo estaba gris y de que las flores que llevamos estaban desteñidas y marchitas como si sintieran la falta del sol.”
        “E1 hombre ese se quedó aquí, esperando. Allí estaban sus huellas: el nido que hizo junto a los matorrales; el calor de su cuerpo abriendo un pozo en la tierra húmeda.”
        “No debí haberme salido de la vereda —pensó el hombre. Por allá hubiera llegado. Pero es peligroso caminar por donde todos caminan, sobre todo llevando este peso que yo llevo. Este peso se ha de ver por cualquier ojo que me mire; se ha de ver como si fuera una hinchazón rara. Yo así lo siento. Cuando sentí que me había cortado un dedo, la gente lo vio y yo no, hasta después. Así ahora, aunque no quiera, tengo que tener alguna señal. Así lo siento, por el peso, o tal vez el esfuerzo me cansó”. Luego añadió: “No debí matarlos a todos; me hubiera conformado con el que tenía que matar; pero estaba oscuro y los bultos eran iguales... Después de todo, así de a muchos les costará menos el entierro.”
        “Te cansarás primero que yo. Llegaré a donde quieres llegar antes que tú estés allí —dijo el que iba detrás de él—. Me sé de memoria tus intenciones, quién eres y de dónde eres y adónde vas. Llegaré antes que tú llegues.”
        “Este no es el lugar —dijo el hombre al ver el río—.“Lo cruzaré aquí y luego más allá y quizá salga a la misma orilla. Tengo que estar al otro lado, donde no me conocen, donde nunca he estado y nadie sabe de mí; luego caminaré derecho, hasta llegar. De allí nadie me sacará nunca”.
        Pasaron más parvadas de chachalacas, graznando con gritos que ensordecían.
        “Caminaré más abajo. Aquí el se hace un enredijo y puede devolverme a donde no quiero regresar.”
        “Nadie te hará daño nunca, hijo. Estoy aquí para protegerte. Por eso nací antes que tú y mis huesos se endurecieron antes que los tuyos”.
        Oía su voz, su propia voz, saliendo despacio de su boca. La sentía sonar como una cosa falsa y sin sentido.
        ¿Por qué habría dicho aquello? Ahora su hijo se estaría burlando de él. O tal vez no. “Tal vez esté lleno de rencor conmigo por haberlo dejado solo en nuestra última hora”. Porque era también la mía; era únicamente la mía. É1 vino por mí. No los buscaba a ustedes, simplemente era yo el final de su viaje, la cara que él soñaba ver muerta, restregada contra el lodo, pateada y pisoteada hasta la desfiguración. Igual que lo que yo hice con su hermano; pero lo hice cara a cara, José Alcancía, frente a él y frente a ti y tú nomás llorabas y temblabas de miedo. Desde entonces supe quién eras y cómo vendrías a buscarme. Te esperé un mes, despierto de día y de noche, sabiendo que llegarías a rastras, escondido como una mala víbora. Y llegaste tarde. Y yo también llegué tarde. Llegué detrás de ti. Me entretuvo el entierro del recién nacido. Ahora entiendo. Ahora entiendo por qué se me marchitaron las flores en la mano.”
        “No debí matarlos a todos —iba pensando el hombre—. No valía la pena echarme ese tercio tan pesado en mi espalda. Los muertos pesan más que los vivos; lo aplastan a uno. Debía de haberlos tentaleado de uno por uno hasta dar con él; lo hubiera conocido por el bigote; aunque estaba oscuro hubiera sabido dónde pegarle antes que se levantara... Después de todo, así estuvo mejor. Nadie los llorará y yo viviré en paz. La cosa es encontrar el paso para irme de aquí antes que me agarre la noche.”
        El hombre entró a la angostura del río por la tarde. E1 sol no había salido en todo el día, pero la luz se había borneado, volteando las sombras; por eso supo que era después del mediodía.
        “Estás atrapado —dijo el que iba detrás de él y que ahora estaba sentado a la orilla del río—. Te has metido en un atolladero. Primero haciendo tu fechoría y ahora yendo hacia los cajones, hacia tu propio cajón. No tiene caso que te siga hasta allá. Tendrás que regresar en cuanto te veas encañonado. Te esperaré aquí. Aprovecharé el tiempo para medir la puntería, para saber dónde te voy a colocar la bala. Tengo paciencia y tú no la tienes, así que ésa es mi ventaja. Tengo mi corazón que resbala y da vueltas en su propia sangre, y el tuyo está desbaratado, revenido y lleno de pudrición. Esa es también mi ventaja. Mañana estarás muerto, o tal vez pasado mañana o dentro de ocho días. No importa el tiempo. Tengo paciencia.”
        E1 hombre vio que el río se encajonaba entre altas paredes y se detuvo.“Tendré que regresar”, dijo.
        E1 río en estos lugares es ancho y hondo y no tropieza con ninguna piedra. Se resbala en un cauce como de aceite espeso y sucio. Y de vez en cuando se traga alguna rama en sus remolinos, sorbiéndola sin que se oiga ningún quejido.
        “Hijo —dijo el que estaba sentado esperando—: no tiene caso que te diga que el que te mató está muerto desde ahora”. ¿Acaso yo ganaré algo con eso? La cosa es que yo no estuve contigo. ¿De qué sirve explicar nada? No estaba contigo. Eso es todo. Ni con ella. Ni con él. “No estaba con nadie; porque el recién nacido no me dejó ninguna señal de recuerdo.”
        El hombre recorrió un largo tramo río arriba.
        En la cabeza le rebotaban burbujas de sangre. “Creí que el primero iba a despertar a los demás con su estertor, por eso me di prisa.” “Discúlpenme la apuración”, les dijo. Y después sintió que el gorgoreo aquel era igual al ronquido de la gente dormida; por eso se puso tan en calma cuando salió a la noche de afuera, al frío de aquella noche nublada.


        Parecía venir huyendo. Traía una porción de lodo en las zancas, que ya ni se sabía cuál era el color de sus pantalones.
        Lo vi desde que se zambulló en el río. Apechugó el cuerpo y luego se dejó ir corriente abajo, sin manotear, como si caminara pisando el fondo. Después rebasó la orilla y puso sus trapos a secar. Lo vi que temblaba de frío. Hacía aire y estaba nublado.
        Me estuve asomando desde el boquete de la cerca donde me tenía el patrón al encargo de sus borregos. Volvía y miraba a aquel hombre sin que él se maliciara que alguien lo estaba espiando.
        Se apalancó en sus brazos y se estuvo estirando y aflojando su humanidad, dejando orear el cuerpo para que se secara. Luego se enjaretó la camisa y los pantalones agujerados. vi que no traía machete ni ningún arma. Sólo la pura funda que le colgaba de la cintura, huérfana.
        Miró y remiró para todos lados y se fue. Y ya iba yo a enderezarme para arriar mis borregos, cuando lo volví a ver con la misma traza de desorientado.
        Se metió otra vez al río, en el brazo de en medio, de regreso.
        “¿Qué traerá este hombre?”, me pregunté.
        Y nada. Se echó de vuelta al río y la corriente se soltó zangoloteándolo como un reguilete, y hasta por poco y se ahoga. Dio muchos manotazos y por fin no pudo pasar y salió allá a bajo, echando buches de agua hasta desentriparse.
        Volvió a hacer la operación de secarse en pelota y luego arrendó río arriba por el rumbo de donde había venido.
        Que me lo dieran ahorita. De saber lo que había hecho lo hubiera apachurrado a pedradas y ni siquiera me entraría el remordimiento.
        Ya lo decía yo que era un juilón. Con sólo verle la cara. Pero no soy adivino, señor licenciado. Sólo soy un cuidador de borregos y hasta sí usted quiere algo miedoso cuando da la ocasión. Aunque, como usted dice, lo pude muy bien agarrar desprevenido y una pedrada bien dada en la cabeza lo hubiera dejado allí bien tieso. Usted ni quien se lo quite que tiene la razón.
        Eso que me cuenta de todas las muertes que debía y que acababa de efectuar, no me lo perdono. Me gusta matar matones, créame usted. No es la costumbre; pero se ha de sentir sabroso ayudarle a Dios a acabar con esos hijos del mal.
        La cosa es que no todo quedó allí. Lo vi venir de nueva cuenta al día siguiente. Pero yo todavía no sabía nada. ¡De haberlo sabido!
        Lo vi venir más flaco que el día antes con los huesos afuerita del pellejo, con la camisa rasgada. No creí que fuera él, así estaba de desconocido.
        Lo conocí por el arrastre de sus ojos: medio duros, como que lastimaban. Lo vi beber agua y luego hacer buches como quien está enjuagándose la boca; pero lo que pasaba era que se había tragado un buen puño de ajolotes, porque el charco donde se puso a sorber era bajito y estaba plagado de ajolotes. Debía de tener hambre.
        Le vi los ojos, que eran dos agujeros oscuros como de cueva.
        Se me arrimó y me dijo: “¿Son tuyas esas borregas?” Y yo le dije que no. “Son de quien las parió”, eso le dije.
        No le hizo gracia la cosa. Ni siquiera peló el diente. Se pegó a la más hobachona de mis borregas y con sus manos como tenazas le agarró las patas y le sorbió el pezón. Hasta acá se oían los balidos del animal; pero él no la soltaba, seguía chupe y chupe hasta que se hastió de mamar. Con decirle que tuve que echarle creolina en las ubres para que se le desinflamaran y no se le fueran a infestar los mordiscos que el hombre les había dado.
        ¿Dice usted que mató a toditita la familia de los Urquidi? De haberlo sabido lo atajo a puros leñazos.
        Pero uno es ignorante. Uno vive remontado en el cerro, sin más trato que los borregos, y los borregos no saben de chismes.
        Y al otro día se volvió a aparecer. Al llegar yo, llegó él. Y hasta entramos en amistad.
        Me contó que no era de por aquí, que era de un lugar muy lejos; pero que no podía andar ya porque le fallaban las piernas: “Camino y camino y ando nada. Se me doblan las piernas de la debilidad. Y mi tierra está lejos, más allá de aquellos cerros.” Me contó que se había pasado dos días sin comer más que puros yerbajos. Eso me dijo. ¿Dice usted que ni piedad le entró cuando mató a los familiares de los Urquidi? De haberlo sabido se habría quedado en juicio y con la boca abierta mientras estaba bebiéndose la leche de mis borregas.
        Pero no parecía malo. Me contaba de su mujer y de sus chamacos.
        Y de lo lejos que estaban de él. Se sorbía los mocos al acordarse de ellos.
        Y estaba reflaco, como trasijado. Todavía ayer se comió un pedazo de animal que se había muerto del relámpago. Parte amaneció comida de seguro por las hormigas arrieras y la parte que quedó él la tatemó en las brasas que yo prendía para calentarme las tortillas y le dio fin. Ruñó los huesos hasta dejarlos pelones.
        “El animalito murió de enfermedad”, le dije yo.
        Pero como si ni me oyera. Se lo tragó enterito. Tenía hambre.
        Pero dice usted que acabó con la vida de esa gente. De haberlo sabido. Lo que es ser ignorante y confiado. Yo no soy más que borreguero y de ahí en más no se nada. ¡Con decirles que se comía mis mismas tortillas y que las embarraba en mi mismo plato!
        ¿De modo que ahora que vengo a decirle lo que sé, yo salgo encubridor? Pos ahora sí. ¿Y dice usted que me va a meter a la cárcel por esconder a ese individuo? Ni que yo fuera el que mató a la familia esa. Yo sólo vengo a decirle que allí en un charco del río está un difunto. Y usted me alega que desde cuándo y cómo es y de qué modo es ese difunto. Y ahora que yo se lo digo, salgo encubridor. Pos ahora sí.
        Créame usted, señor licenciado, que de haber sabido quién era aquel hombre no me hubiera faltado el modo de hacerlo perdidizo. ¿Pero yo qué sabía? Yo no soy adivino. Él sólo me pedía de comer y me platicaba de sus muchachos, chorreando lágrimas.
        Y ahora se ha muerto. Yo creí que había puesto a secar sus trapos entre las piedras del río; pero era él, enterito, el que estaba allí boca abajo, con la cara metida en el agua. Primero creí que se había doblado al empinarse sobre el río y no había podido ya enderezar la cabeza y que luego se había puesto a resollar agua, hasta que le vi la sangre coagulada que le salía por la boca y la nuca repleta de agujeros como si lo hubieran taladrado.
        Yo no voy a averiguar eso. Sólo vengo a decirle lo que pasó, sin quitar ni poner nada. Soy borreguero y no sé de otras cosas.

domingo, 7 de febrero de 2016

Tesis sobre el cuento. Las dos historias.

Tesis sobre el cuento
Los dos hilos: Análisis de las dos historias
Ricardo Piglia
I
En uno de sus cuadernos de notas, Chejov registró esta anécdota: "Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida". La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.
Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.
Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

II
El cuento clásico (Poe, Quiroga) narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio). El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1. Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.
El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.

III
Cada una de las dos historias se cuenta de un modo distinto. Trabajar con dos historias quiere decir trabajar con dos sistemas diferentes de causalidad. Los mismos acontecimientos entran simultáneamente en dos lógicas narrativas antagónicas. Los elementos esenciales del cuento tienen doble función y son usados de manera distinta en cada una de las dos historias. Los puntos de cruce son el fundamento de la construcción.

IV
En "La muerte y la brújula", al comienzo del relato, un tendero se decide a publicar un libro. Ese libro está ahí porque es imprescindible en el armado de la historia secreta. ¿Cómo hacer para que un gángster como Red Scharlach esté al tanto de las complejas tradiciones judías y sea capaz de tenderle a Lönnrott una trampa mística y filosófica? El autor, Borges, le consigue ese libro para que se instruya. Al mismo tiempo utiliza la historia 1 para disimular esa función: el libro parece estar ahí por contigüidad con el asesinato de Yarmolinsky y responde a una casualidad irónica. "Uno de esos tenderos que han descubierto que cualquier hombre se resigna a comprar cualquier libro publicó una edición popular de la Historia de la secta de Hasidim." Lo que es superfluo en una historia, es básico en la otra. El libro del tendero es un ejemplo (como el volumen de Las mil y una noches en "El Sur", como la cicatriz en "La forma de la espada") de la materia ambigua que hace funcionar la microscópica máquina narrativa de un cuento.

V
El cuento es un relato que encierra un relato secreto.
No se trata de un sentido oculto que dependa de la interpretación: el enigma no es otra cosa que una historia que se cuenta de un modo enigmático. La estrategia del relato está puesta al servicio de esa narración cifrada. ¿Cómo contar una historia mientras se está contando otra? Esa pregunta sintetiza los problemas técnicos del cuento.
Segunda tesis: la historia secreta es la clave de la forma del cuento.

VI
La versión moderna del cuento que viene de Chéjov, Katherine Mansfield, Sherwood Anderson, el Joyce de Dublineses, abandona el final sorpresivo y la estructura cerrada; trabaja la tensión entre las dos historias sin resolverla nunca. La historia secreta se cuenta de un modo cada vez más elusivo. El cuento clásico a lo Poe contaba una historia anunciando que había otra; el cuento moderno cuenta dos historias como si fueran una sola.
La teoría del iceberg de Hemingway es la primera síntesis de ese proceso de transformación: lo más importante nunca se cuenta. La historia secreta se construye con lo no dicho, con el sobreentendido y la alusión.

VII
"El gran río de los dos corazones", uno de los relatos fundamentales de Hemingway, cifra hasta tal punto la historia 2 (los efectos de la guerra en Nick Adams), que el cuento parece la descripción trivial de una excursión de pesca. Hemingway pone toda su pericia en la narración hermética de la historia secreta. Usa con tal maestría el arte de la elipsis que logra que se note la ausencia de otro relato.
¿Qué hubiera hecho Hemingway con la anécdota de Chejov? Narrar con detalles precisos la partida y el ambiente donde se desarrolla el juego, y la técnica que usa el jugador para apostar, y el tipo de bebida que toma. No decir nunca que ese hombre se va a suicidar, pero escribir el cuento como si el lector ya lo supiera.

VIII
Kafka cuenta con claridad y sencillez la historia secreta y narra sigilosamente la historia visible hasta convertirla en algo enigmático y oscuro. Esa inversión funda lo "kafkiano".
La historia del suicidio en la anécdota de Chejov sería narrada por Kafka en primer plano y con toda naturalidad. Lo terrible estaría centrado en la partida, narrada de un modo elíptico y amenazador.

IX
Para Borges, la historia 1 es un género y la historia 2 es siempre la misma. Para atenuar o disimular la monotonía de esta historia secreta, Borges recurre a las variantes narrativas que le ofrecen los géneros. Todos los cuentos de Borges están construidos con ese procedimiento.
La historia visible, el cuento, en la anécdota de Chejov, sería contada por Borges según los estereotipos (levemente parodiados) de una tradición o de un género. Una partida de taba entre gauchos perseguidos (digamos) en los fondos de un almacén, en la llanura entrerriana, contada por un viejo soldado de la caballería de Urquiza, amigo de Hilario Ascasubi. El relato del suicidio sería una historia construida con la duplicidad y la condensación de la vida de un hombre en una escena o acto único que define su destino.

X
La variante fundamental que introdujo Borges en la historia del cuento consistió en hacer de la construcción cifrada de la historia 2 el tema del relato. Borges narra las maniobras de alguien que construye perversamente una trama secreta con los materiales de una historia visible. En "La muerte y la brújula", la historia 2 es una construcción deliberada de Scharlach. Lo mismo ocurre con Azevedo Bandeira en "El muerto", con Nolam en "Tema del traidor y del héroe".
Borges (como Poe, como Kafka) sabía transformar en anécdota los problemas de la forma de narrar.

XI
El cuento se construye para hacer aparecer artificialmente algo que estaba oculto. Reproduce la búsqueda siempre renovada de una experiencia única que nos permita ver, bajo la superficie opaca de la vida, una verdad secreta. "La visión instantánea que nos hace descubrir lo desconocido, no en una lejana tierra incógnita, sino en el corazón mismo de lo inmediato", decía Rimbaud.
Esa iluminación profana se ha convertido en la forma del cuento.



martes, 2 de febrero de 2016

Historia verdadera del realismo mágico, de Seymour Menton


Selecciones y paráfrasis (F. Montesdeoca)

Seymour Menton propone una definición tentativa:

“El realismo mágico es la visión de la realidad diaria de un modo objetivo, estático y ultrapreciso, a veces estereoscópico, con la introducción poco enfática de algún elemento inesperado o improbable que crea un efecto raro o extraño que deja desconcertado, aturdido o asombrado al observador en el museo o al lector en su butaca” (p.20).
“es predominantemente realista con un tema cotidiano, pero contiene un elemento inesperado o improbable que crea un efecto extraño…” (p.36-7).
“el realismo mágico es una modalidad internacional, presente tanto en la pintura como en la literatura, y que no se limita a la literatura latinoamericana”. EL realismo mágico surge en 1918.

Diferencias entre la literatura fantástica y el realismo mágico
Literatura fantástica
§  Viola las leyes físicas de la naturaleza.
§  Aborda lo sobrenatural.
§  Trata sobre lo imposible.
§  Es un género narrativo.
Realismo mágico
A partir de Franz Roh (1925), Wielnad Schmidt sintetizó y propone 5 rasgos básicos en la pintura. Menton propone 7:
1.      Enfoque ultrapreciso.
2.      Objetividad.
3.      Frigidez.
4.      Visión simultánea de lo cercano y lo lejano.
5.      Eliminación del proceso de pintar [de la marca que explicita el lenguaje como artificio literario]
6.      Miniaturista y primitivista [efecto de irrealidad].
7.      Representación de la realidad.

Aborda lo improbable [pero posible].
Es una tendencia estilística.
“La realidad se vuelve más extraña que la ficción; las cosas ocurren inesperadamente; no hay ni verdad absoluta ni realidad absoluta” (p.41).
“Coexistencia simultánea del pasado, el presente y el futuro (…) insignificancia del ser humano individual (…) identidad del ser humano con todos los seres vivos” (p.45)

Referencia bibliográfica
Seymour Menton. (2003 [1998]). Historia verdadera del realismo mágico. México: FCE.




Introducción a la literatura fantástica, de Tzvetan Todorov


Selecciones y paráfrasis (F. Montesdeoca)

Lo fantástico se caracteriza, de manera general, según Todorov (2005, p.24), cuando se introduce un acontecimiento imposible de explicar que rompe con las leyes de la realidad cotidiana.
Se vuelve necesario optar por dos soluciones posibles:
a)      Lo maravilloso (lo imaginario): o se trata de una ilusión de los sentidos y las leyes del mundo siguen inalterables.
Lo maravilloso: “corresponde a un fenñomeno desconocido, aún no visto, por venir: por consiguiente, a un futuro.
b)      Lo extraño (Lo real): O bien el acontecimiento forma parte de una realidad cuyas leyes desconocemos (p.38).
Lo extraño: “lo inexplicable es reducido a hechos conocidos, a una experiencia previa, y, de esta suerte, al pasado” (p.38).
c)  Lo fantástico:
c.1) Vacilación entre lo natural y lo sobrenatural (línea divisoria entre lo extraño y lo maravilloso) (p.24).
c.2.) Vacilación entre lo real y lo imaginario

“«En el verdadero campo de lo fantástico, existe, siempre la posibilidad exterior y formal de una explicación simple de los fenómenos, pero, al mismo tiempo esta explicación carece de por completo de posibilidad interna», según Tomachevski, citado por Todorov. “Hay un fenómeno extraño que puede que puede ser explicado de dos maneras, por tipos de causas naturales y sobrenaturales. La posibilidad de vacilar entre ambas crea el efecto fantástico”. (p.24).
Relato inaugural de lo Fantástico: Manuscrito encontrado en Zaragoza, de Jan Potoki (p.25). Narración publicada en 1804-05, construido según la técnica del relato enmarcado.

Condiciones de lo fantástico
1.      “…que el texto obligue al lector a considerar el mundo de lo personajes como un mundo de personas reales, y a vacilar entre una explicación natural y una explicación sobrenatural…”
2.      “esta vacilación puede ser también sentida por un personaje de tal modo, el papel del lector está, por así decirlo, confiado a un personaje y, al mismo tiempo la vacilación está representada…”.
3.      Efecto del género: “el lector deberá rechazar tanto la interpretación alegórica como la interpretación ‘poética’”.

“La primera y la tercera constituyen verdaderamente el género; la segunda puede no cumplirse. Sin embargo, la mayoría de los ejemplos cumplen con las tres”. (p.30).
“no es posible excluir de un análisis de lo fantástico, lo maravilloso y lo extraño…”

Extraño puro
(Literatura de horror)

Fantástico – Extraño

Fantástico – Maravilloso
(aceptación de lo sobrenatural)
Maravilloso puro
(Lo sobrenatural o fantástico puro)
Fantástico

Referencia bibliográfica:

Tzvetan Todorov. (2005 [1970]). Introducción a la literatura fantástica. México: Ediciones Coyoacán.